San Juan Diego
Icono de la Misión evangelizadora de María

Por el Hno. John S. Samaha, sm


La reciente canonización de San Juan Diego provocó entusiasmo mundial por el reconocimiento de otro laico cristiano. Este último santo de México fue elegido mensajero de la Virgen Madre María de la evangelización en la naciente Iglesia del siglo XVI del Nuevo Mundo. Él es un ejemplo de ilustre cristiano en acción.

La importancia actual de la canonización y la aparición en Guadalupe es multifacética. Pero la implicación para la nueva evangelización en nuestros días es abrumadora. El honor conferido a San Juan Diego se extiende a la llamada dirigida a los cristianos a responder activamente a su vocación bautismal y la consagración para ayudar a María en llevar a Cristo a todos las personas. De nuevo se hizo eco del mensaje del Beato William Joseph Chaminade, Fundador de la Familia Marista, “Todos somos misioneros de María.”

La ocasión ha renovado e incrementado el impulso del movimiento para designar a Juan Diego como el santo patrón del laicado y los apóstoles laicos.

El plan de Dios para la salvación necesita la cooperación de todos nosotros. En el acontecimiento Guadalupano eligió para dar la milagrosa imagen de María, su Madre y la nuestra, a un humilde y solitario viudo. La atractiva y sencilla historia de Nuestra Señora dejada en su imagen a Juan Diego toca los corazones y los dispone a la gracia del bautismo. Este es un capítulo especial en la evangelización del mundo.

Hoy encontramos indicios de nuevo interés por los no creyentes, los alineados y los desencantados. El viaje más rápido y más fácil de la comunicación global anuncia una nueva plenitud de los tiempos en la difusión del evangelio. Desde el comienzo, Dios ha dependido de sus criaturas para cumplir su pan. Hoy hay un deseo por la unidad entre los cristianos. La obra del Espíritu Santo los está unificando en oración, amor y obras de caridad.

En el siglo pasado el Papa Pío XI y el Papa Pío XII comenzaron a enfatizar la importancia del rol del laico. Mucho antes el Papa Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano Segundo para renovar todo en Cristo y el apostolado laical fue un punto de énfasis y preocupación.

Uno de los dieciséis documentos del Vaticano II es el Decreto sobre el Laicado (Apostolicam Actuositatem, 1965), y el papel del laicado es tratado en mucho de los otros documentos. Algunos años después el Papa Pablo VI proclamo una llamada profética para la evangelización con la exhortación apostólica sobre la Evangelización en el Mundo Moderno (Evangelii Nuntiandi, 1975). Nuestro actual pontífice, Juan Pablo II, ha predicado una nueva evangelización y, posterior al Sínodo de los Obispos, publicó una exhortación apostólica sobre los Fieles Laicos (Christifideles Laici, 1989).

La Esclava del Señor, la Esposa del Espíritu Santo, quien primero dio a luz al Salvador para nosotros, hace su parte trayendo su Buena Noticia a todos.

El siglo XIX el apóstol de María, el Beato William Joseph Chaminade, está entre las voces más potentes que aún nos recuerdan nuestra obligación bautismal para participar en la misión apostólica de María de completar al Cristo Total. Como Juan Diego, todos los fieles estamos llamados a esparcir la fragancia de las rosas del Tepeyac dondequiera que estemos, hagamos lo que hagamos.

“Venga tu reino”, la diaria petición del Padre Nuestro, ha necesitado siempre para su cumplimiento del trabajo y colaboración del laicado. A todos los cristianos les es dado el encargo de hacer que Cristo y su enseñanza sea conocida, amada y vivida. “El Espíritu sopla donde quiera” (Sant 3, 8) y el Pueblo de Dios ha tenido siempre el carisma para ayudar a extender el Reino de Dios en la tierra.

Nuestros tiempos necesitan laicos cristianos fuertes y dedicados más que antes. Todos los campos del progreso humano están dirigidos por los laicos. La competencia en lo social, comercial y el entorno político están en las manos de los laicos. Sólo ellos pueden llevar el espíritu del evangelio dentro de esas áreas. En palabras de Pablo VI, los laicos son “el puente hacia el mundo moderno”. Reconociendo la antigua verdad y la nueva necesidad, el Vaticano II promulgó un decreto oficial sobre el apostolado de los laicos. Por primera vez en la historia de la Iglesia un documento conciliar expuso el concepto que el laico es indispensable para la misión de la Iglesia, que para ser un real cristiano hay que ser un apóstol.

El Decreto sobre el laicado del Vaticano II propone como el perfecto ejemplo vida espiritual y apostólica a la Virgen María, Reina de los Apóstoles. “Mientras llevaba en este mundo una vida igual que la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, estaba constantemente unida con su Hijo, cooperó de un modo singularísimo a la obra del Salvador; más ahora, asunta el cielo, cuida con amor maternal de los hermanos de su Hijo” (n. 4).

Por consiguiente, es apropiado que el modelo para el laicado y el patrón de los laicos sea uno quien dirija a otros a María, quien a su vez les guía a Cristo. Ella es el perfecto ejemplo de vida en la tierra unida a Cristo y afiliada a su obra.

Elegir a Juan Diego acentuaría la maternal preocupación de María, y resaltaría un capítulo especial en el cuidado amoroso de la Reina de los Apóstoles para con sus niños. La historia de la vida de Juan Diego continúa hoy como algo vivo y permanente, vive en las largas filas de peregrinos, en el más numerosote los santuarios. Vive en la fe de toda una nación, y es celebrado en todo el hemisferio occidental. Cautiva el corazón de todos. Perdura en el retrato pintado no por manos humanas, pero como Pío XII explicó, “por pinceles que no son de este mundo”.

El Vaticano II enseñó que “la unión con esos a quienes el Espíritu Santo ha asignado a la Iglesia de Dios es un elemento esencial del apostolado cristiano”. Juan Diego recibió el carisma. Fue llamado por María. Ella le envió al Obispo: “Ve al Obispo de México y dile que Yo te envío”. El Espíritu sopló sobre Juan, pero la sentencia y el mandato fueron reservados al obispo, como es todavía hoy.

El Espíritu Santo usualmente sopla de manera menos dramática, pero la experiencia de Juan Diego presenta que la fuente de la inspiración de la gracia para una gran obra puede venir primero a un laico y que el elegido coopera entonces con las autoridades competentes.

La humildad de Juan Diego conforme a una inoportuna y embarazosa misión preparó el camino para una abundante conferimiento de las bendiciones de Dios. Además, el acontecimiento claramente indica que un laico puso su posición con un jerarca. El obispo necesitó prueba y María dijo a Juan regresa y trata de nuevo.

María sin duda indicó a Juan Diego que él era necesario para la ejecución del plan del cielo. Cuando él protestó su incapacidad e instó a la Virgen María enviar a una persona entendida y respetada, su respuesta fue: “Escucha, el más pequeño de mis hijos, entiende que yo tengo muchos mensajeros y siervos a quienes podría encargar la entrega de mi mensaje y hacer mi voluntad. Pero, es completamente necesario que tú mismo te comprometas a llevar este ruego y que a través de tu propia mediación y ayuda, mi propósito sea cumplido.”

La importancia de los más humildes para llevar a cabo el plan divino puede apenas ser claramente identificada. María no fue directamente al Obispo titular Juan Zumárraga y lo inspira. Ni eligió el mensajero más adecuado de acuerdo al juicio de los estándares humanos. María escogió uno particular, desconocido, viudo joven quien había preferido ser olvidado. Ella le dijo que iba a ser el instrumento de la Divina Providencia para los pobres. Este inverosímil laico fue la calve para “liberar la gracia para todo una nación”, y después para muchas naciones.

Juan Diego fue incondicional y sin engaño. Fue un ejemplo viviente de sinceridad y simplicidad. Cuando niños y adultos oyen sobre él quedan fascinados y les gusta escuchar lo que su historia relata, Sus conversaciones con María están cargadas de una calidad de sensibilidad, inmediatez, autenticidad y singularidad. Traducido en cualquier idioma poseen un especial atractivo. En el idioma Azteca María llamó a Juan su xocoyte, su hijo preferido, el más pequeño de sus hijos. Él se dirigió a ella como xocoyata, la más pequeña de sus hijas, su señora, y su niña. Escuchando esta conversación uno no puede dejar de amar a Juan Diego y a su Señora.

Los pueblos de las naciones emergentes son capaces de identificarse muy fácilmente con Juan Diego. Él fue humilde y pobre, no enredado en política o historia cultural. Con una mayor y mejor comunicación, podemos esperar que la Iglesia proclame su mensaje más sabia y ampliamente. Y los laicos serán los primeros trabajadores. Juan Diego, que tiene una llamada universal, sería una inspiración para ellos y un ejemplo para quienes estos trabajan. Su historia de vida es un ejemplo perfecto de cómo los planes de Dios requieren apóstoles laicos. Nuestra beata Madre promete, “Yo te haré digno del problema que tu tengas”

Juan Diego se mantuvo fiel hasta la muerte. Los resultados de su obran llegaron hasta nosotros. Fue como un niño y humilde en su relación con el mundo natural y con orden sobre natural. Se sentía en casa con la Virgen madre María. Sus sencillas y humanas cualidades nos tocan a todos. San Juan Diego es merecedor de ser patrono de los laicos porque fue la única persona en la tierra a quien la más grade de las laicas le dio su propio retrato.

El actual resultado del mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe, el cual San Juan Diego jugó el papel clave, trajo la creencia en Jesucristo y la gracia del bautismo para innumerables aztecas. En los siete años siguientes a las apariciones de María en el Tepeyac (1532-1538) ocho millones de indígenas fueron bautizados en Cristo.

Saint Juan Diego, Icon of Mary's Evangelizing Mission. (en Inglés)


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