I. El bautismo de Cristo

 “Entonces se presenta Jesús, que viene de Galilea al Jordán, a donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” Jesús le respondió: “Deja ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia.” Entonces le dejó.

Una vez bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.” (Matthew 3, 13-17)

 La naturaleza  

Todo sucede en el río Jordán. El río en el centro. Y en medio del río, Jesús. Las aguas, símbolo de vida y fecundidad, acogen en su seno al que es el autor de la Vida. Aguas negras.

Negro es el lugar de las tinieblas, lugar donde falta la luz. Negra es la gruta de Belén. Negro es el Jordán, como en este caso. Negra es la sepultura de Lázaro. Y también la del mismo Maestro.

Lugares y momentos negros. Lugares y momentos de abajamiento, de humillación del Señor. Cristo se despoja de su rango y se hace uno de tantos. Nace como uno de nosotros, acude al Jordán para solidarizarse con nosotros, muere de la misma manera que la muerte nos alcanza a todos...

 Pero no sólo las aguas tienen importancia. La tierra también. Tierra y polvo que nos recuerdan cómo Dios formó al  hombre. Tierra que evoca el lugar donde vivimos, el suelo que nos sostiene, al lugar donde  hemos de volver... tierra: el lugar donde se asientan nuestras propias raíces, el espacio donde sucede nuestra historia concreta.

 Y el  cielo. Arriba. Sugerido de manera suave y delicada. El lugar donde habita Dios. El lugar donde un día también se nos invitará a volver a cada uno de nosotros. Junto a Él.

La presencia de agua, tierra y cielo nos evoca el momento de la Creación. El momento de nuestra concepción es el momento en que Dios Padre nos llama a la vida por medio de nuestros padres. El momento en el que cada  uno de nosotros es convertido en una criatura nueva, es el momento de nuestro  bautismo. El agua que nos lava del pecado y nos convierte, por el poder del Espíritu Santo, en criaturas nuevas. El polvo de nuestra propia carne recibe así una nueva dimensión de inmortalidad. ¡Somos herederos de la vida eterna junto a Él en el cielo!

 Las personas

 No lo vemos es verdad, pero sabemos que está ahí. Es el Padre que está en los cielos. En el Bautismo del Hijo, el Padre es el protagonista:

 El Espíritu. En forma de paloma. Símbolo sensible pero importante. Su presencia no es precisamente discreta. Donde está representado, Él y su presencia es reveladora.

 Sabemos ahora quién es ese que ha sido bautizado, porque el Espíritu se posa sobre Él y nos lo revela. El Espíritu revela también la presencia del Padre en otros momentos importantes de la historia de la Salvación. El Espíritu nos revela quién es Jesús. 

Jesús en el Jordán se nos muestra desnudo. Ni tan siquiera está cubierto por un pequeño paño de pureza. Es el abajamiento y el desprendimiento más absoluto. No tiene nada, pero en realidad tiene absolutamente todo.

 El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo

 Juan el Bautista, el Precursor, aparece en perfecto contraste con Jesús. Si Jesús aparece desnudo, aquél con sus rústicos ropajes, parece un rey vestido en todo su esplendor. Su vestido de piel de camello, parece que nos irrita nuestra propia piel y casi nos molesta. ¡Estamos en el desierto! También su manto, delicadamente colocado sobre los hombros, choca en el lugar en el que nos encontramos y se diría que desdice a Aquél que se ha despojado de todo. Sin embargo el carácter de sus vestiduras es penitencial.

 Pero no sólo es eso. Jesús en una actitud de humildad se deja hacer. ¡Cómo llaman la atención sus manos hacia abajo! Las manos que habían de acariciar y bendecir, esas manos que bendecirían y repartirían el pan, esas manos crucificadas en el leño, aparecen ahora en una posición de siervo. Sólo la mano izquierda esboza ligeramente un signo de bendición.

Juan, por el contrario, tiene algo que hacer. Su mano derecha derrama el agua sobre la cabeza de su Señor. Con la izquierda lo bendice. ¡Qué ejemplo y qué ricas sugerencias también hoy en día para nosotros!

Y los ángeles en la parte derecha. La presencia demasiado humana de Juan el Bautista también contrasta con la de estas criaturas celestiales. Sus vestidos rojo y azul están ricamente adornados. Sus rostros están suavemente aureolados. Sus gestos ligeramente y en sumisión a su soberano inclinados. Sus alas nos recuerdan que son criaturas celestiales, pero su presencia al lado del Señor que se bautiza ¡tiene mucho de humana!.

II. Manifestación del Señor en las bodas de Caná de Galilea

“Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y no tenían vino, porque se había acabado el vino de la boda. Le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.» Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.» Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga.»

Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.» Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.» Tal comienzo de los signos hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.” (John 2, 1-12).

Introducción

Bodas en Caná de Galilea. Celebración en torno a una mesa. Ricos manjares y generosos vinos. Una mesa y un banquete. Los novios nos invitan. Desean compartir su alegría con sus invitados. Jesús, su Madre y los apóstoles ya están allí. También nosotros somos invitados.

Arquitecturas. Sobrias y sencillas. Una sala amplia y luminosa. Telas que cuelgan y divanes para sentarse. Ricamente adornada. Arquitecturas que sugieren. No abundan los detalles.

Algo sucede. Falta vino. Una fiesta hebrea sin un poco de vino, no es una fiesta. Para un hebreo es un signo sagrado de honor y de amistad. Ahora se ha terminado.

Las personas

Jesús. Sentado a la derecha. No ocupa el centro real y físico de la imagen, pero Él es el Centro. Su figura, de perfil, nos permite contemplar su cuerpo entero.

Sus vestidos. Una túnica de color rojo. La tierra, la naturaleza humana, la sangre, la vida, el martirio, el sufrimiento. Un manto de color azul. Colores en contraposición. Calientes y fríos. Aquél subraya la realeza y la naturaleza humana. Este es símbolo de la naturaleza divina. La doble naturaleza del Hijo de Dios.

Atento a los novios y a su preocupación ante la falta de vino. Atento a los servidores que ya han llenado las tinajas y a uno de ellos que le ofrece una copa... Atento a todo y a todos, excepto a su Madre, a la cual sin mirarle directamente a la cara, “Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.» 

¡Y sin embargo le ha escuchado! Sí. Su mano derecha está bendiciendo la copa que le presentan, en la cual, merced a sus palabras, ¡ya hay vino! aunque... en las tinajas ¡parece que todavía hay agua!

Tiene Jesús  en su mano derecha un rollo de color blanco, signo de su palabra poderosa. En Él todo poder y autoridad. Basta una necesidad ¡y aquí realmente parece haberla! y la fe del hombre y Jesús actúa.

María, su Madre, no es pasiva. Su virginidad es apertura y disponibilidad tanto a la Palabra de su Hijo como a las necesidades de los hombres.

El manto o maphorion de color púrpura real cubre la cabeza de la Virgen. Tres estrellas: una sobre la frente y las otras dos una sobre cada hombro. Su triple virginidad: antes, en y después del parto.

Madre e Hijo forman una sola unidad. Ella se inclina suavemente hacia su Hijo. No podemos verle con claridad el rostro. El lenguaje de sus manos nos lo dice todo. Madre suplicante, de firme y poderosa intercesión ante su Hijo “por las necesidades (como en este icono) y por la salvación de todos”.

Los novios. Sentados a la izquierda de la composición. Representados en toda su riqueza y esplendor. Protagonistas de las fiestas nupciales. Signo de las criaturas nuevas, de ese nuevo Reino que Jesús inaugura con su Palabra y su acción.

Los sirivientes. Desproporcionados en su tamaño con Jesús, su Madre y los novios. En actitud de servicio. Por descuido suyo o del novio, ha faltado el vino. No están humillados. Han llenado, como les ha dicho Jesús las tinajas hasta arriba. Sin entender mucho, han sido testigos del signo.

Los discípulos. No están representados. Somos cada uno de nosotros. Todo lo que aquí contemplamos, los personajes y sus actitudes son una invitación personal dirigida a cada uno de nosotros. ¡Ese es el verdadero fruto de la contemplación!

III. El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión.

 

Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Le dice Jesús:

 «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre sino por mí.
Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre;
desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.»
Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»
Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.
¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»?
¿No crees
que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?” (John 14, 1-10)

 

Introducción

 No encontramos en Oriente iconos que nos representen expresamente a Cristo en su actividad misionera de anuncio del Reino. No es eso lo que se proponen. Para la contemplación del misterio escogemos este icono y este texto del Evangelio.

* La vida y misión de Jesús, su muerte y resurrección, son una continua manifestación del Rostro del Padre. Jesús es la manifestación más plena y profunda. Todo en su vida tiene este fin. Si Jesús nos invita a la conversión es, fundamentalmente, para volver a Él, para que en nosotros pueda brillar de nuevo y con nueva luz el Rostro de las criaturas nuevas, el Rostro de los hijos de Dios.

* El verdadero icono, el icono más perfecto que podemos y debemos contemplar es el Rostro de Cristo. “Todos los misterios se resumen y se reflejan en el rostro de Cristo, belleza esplendorosa de Dios y belleza humana sin igual.”

Miramos a Cristo. Nos dejamos mirar por Él. Son ambas caras de una misma moneda.

Descripción

Cristo se destaca con gran nitidez sobre el fondo dorado. Luz del misterio de Dios. Cristo mismo, el Hijo de Dios, el Rostro y la Palabra de Dios Padre.

Sobre este fondo dorado aparecen dibujadas en la parte superior IC XC. Anagrama de Cristo en lengua griega. También la aureola de Cristo, signo de su divinidad, se recorta con suaves contornos rojos. Α Ω. Cristo principio y fin de todo lo creado

El verdadero centro del icono es el rostro mismo de Cristo. Un rostro lleno de bondad y de belleza, un rostro que tiene luz propia y que ilumina todo el icono. En él nos detenemos en una contemplación silenciosa.

Una cuidada y peinada cabellera enmarca este rostro. La frente es ancha y despejada. En oriente aquí, en la frente, se encuentra la sede de la sabiduría. Sobre la frente se destacan las dos cejas arqueadas que cobijan los ojos grandes, fijos y luminosos.

Sí. La mirada de Jesús es una mirada con cariño. Es la mirada al joven rico. Es también una llamada a la conversión. Es la mirada a Pedro después de sus negaciones al Maestro. Es una mirada personal, aquí y ahora, una mirada a cada uno de nosotros. Fijemos en Él nuestra mirada. Dejémonos mirar por Él.

El iconógrafo suaviza la seriedad de los ojos con otros detalles importantes en el rostro. La nariz alargada y afilada. La boca no guarda ninguna proporción aparente con todo el resto. Es una boca pequeña “y siempre está como cerrada en el silencio de la contemplación.”

La boca cerrada y el rostro habla. En el rostro de Jesús podemos contemplar su vida, pasión, muerte y resurrección. En ese rostro podemos contemplar el rostro del Padre y la Buena Noticia que Jesús, en su nombre, nos trae. Palabras dirigidas a cada uno de nosotros. Palabras dirigidas a mí. Palabras que me llaman a una vocación y una misión concreta. Palabras que me alimentan. Palabras que me dan fuerzas para el camino. Palabras que no me dejan indiferente. Palabras que por su Gracia se hacen vida en mi vida. Un rostro y una presencia que me acompaña y me da fuerzas.

Todo el rostro está cubierto por una hermosa barba muy cuidada. También la barba, como hemos dicho antes de la cabellera, enmarca este rostro. Un rostro en el que podemos observar como detalle último unas orejas que entresalen de la cabellera: ¡Nuestro Dios es un Dios que escucha!

Su cuello, fuerte y vigoroso, une la cabeza con un cuerpo grande y macizo. Vestido con una túnica roja. Tierra, naturaleza humana, sangre, vida, martirio y sufrimiento. Pero también rojo púrpura y real. Un manto de color verde oscuro. Colores en contraposición. Calientes y fríos. Aquél subraya la realeza y la naturaleza divina. Este es símbolo de la naturaleza humana. La doble naturaleza del Hijo de Dios. Así es Jesús. Tan divino y tan humano. Uno de los nuestros, pero sobre todo el Hijo de Dios.

Sus manos. También son importantes. Manos humanas. Manos que trabajaron para ganarse el pan. Manos que habían de acariciar y bendecir. Manos que acariciarían y repartirían el pan. Manos que en la Última Cena reparten su propio Cuerpo y su propia Sangre. Manos crucificadas en el leño.

Con mano derecha realiza un gesto de bendición. La mano izquierda, por su parte, sostiene un libro. Este tiene la tapa bellamente decorada con piedras preciosas de varios tamaños y colores. Es la Biblia, el libro de los siete sellos del que habla el Apocalipsis. Es la Palabra del Padre que el Hijo nos transmite: su vida y su mensaje, su pasión, muerte y resurrección.  

 Este Rostro de Cristo que nos mira, que nos habla, que nos anuncia el Evangelio, nos invita a la conversión. Todo nuestro trabajo espiritual, el fin primero y último de y en nuestra vida de oración y de nuestro trabajo de conversión es la conformación con Cristo. Aquello a lo que nos conduce nuestra misión es a manifestar el Amor, el Rostro de un Dios que ama a los hombres. Es lo que hizo Jesús a lo largo de su vida pública. Es a lo que nos invita el 3º misterio de luz del Rosario.

 
IV. La Transfiguración del Señor

 “Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salió una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.» Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo.» Ellos alzaron sus ojos y  no vieron a nadie más que a Jesús solo.”

Subir con Jesús a la santa montaña de la oración, como los discípulos

 Desde el principio de la Historia de la Salvación, la montaña ha sido lugar de especiales manifestaciones de Dios a su Pueblo en momentos significativos de su común historia.

 

 

 

 

Al terminar el diluvio “y en el mes séptimo, el día diecisiete del mes, varó el arca sobre los montes de Ararat”. El sacrificio de Abrahám tuvo lugar “en uno de los montes, el que yo te diga.»

También Moisés había llegado hasta el monte Horeb y es allí donde, en la zarza que ardía sin consumirse, Dios le llama por primera vez y le envía a Faraón. Y tal como le había dicho Dios allí tiene lugar la Teofanía, la manifestación de Dios en la cual Moisés recibió las Tablas de los diez mandamientos.

El profeta Elías, que huye de Jezabel, se encuentra con Dios en el mismo monte Orbe. Después de este encuentro, el mismo Elías llevará a cabo la misión que se le ha confiado.

También en el Nuevo Testamento. Palabras y gestos importantes de Jesús, a lo largo de su vida pública, tienen relación directa con los montes. El mismo Sermón del Monte, el episodio que ahora estamos contemplando y la misma Crucifixión en el monte Calvario.

Para el mismo Jesús, el monte significa algo más. El monte es el lugar donde retirarse a orar. En este episodio así lo hace Jesús y a ello nos invita. Pero no será ni la primera ni la última vez.

Estar con Cristo en oración, en su presencia y compañía. Él nos presenta al Padre

Jesús, nuestro Maestro de oración, nos invita a todos a orar. Jesús nos invita, como invitó a los discípulos, a subir con Él a la montaña, a orar al Padre del Cielo de la misma manera que Él rezaba.

Como Jesús y con Jesús, podemos sentir cómo la oración nos descubre el Rostro del Padre; podemos descubrir como pese a muchas veces caminar en tinieblas, la luz del Padre nos ilumina y da sentido a lo que vivimos; podemos experimentar cómo la oración nos empuja al compromiso y al servicio concreto a nuestros hermanos; podemos sufrir como Jesús la pasión y la muerte, y estar seguro que con Él llegaremos a la gracia de la Resurrección.

Mirar a los protagonistas del encuentro para entrar en la comunión de los santos del Antiguo y el Nuevo Testamento

Así se nos muestra en el icono. Moisés, representado más joven, a la derecha. Lleva en la mano un libro, el libro de la Ley. Elías, a la izquierda, está representado mucho más viejo y mayor.

Ambos, bien lo sabemos, son amigos de Dios. A  ambos se les manifiesta Yahweh en el Antiguo Testamento sobre una montaña. Moisés sobre el monte Orbe recibe las Tablas de la Ley; la brisa suave, sobre el mismo monte, es para Elías el signo de la presencia de Yahweh.

Ambos, durante su vida, habían buscado y deseado ver el rostro de Dios. Entonces no pudieron verlo. Ahora, en Jesús transfigurado, son testigos de la gloria del Padre. Dios no se manifiesta al modo grande y terrible del Antiguo Testamento. Su manifestación ahora es mucho más sencilla, pero no menos profunda. En el rostro de Jesús, se manifiesta el Rostro del Padre.

De esta manifestación son testigos los tres apóstoles que acompañan a Jesús: Pedro, Santiago y Juan. Son los discípulos predilectos, aunque por su postura y sus gestos nadie lo diría.

Pedro, a la izquierda, el más mayor y veterano de los tres, parece que aún tiene fuerzas par volverse hacia Jesús y sugerirle la construcción de tres chozas.

Santiago, a la derecha, se cubre el rostro con las manos. Es incapaz de comprender lo que está ocurriendo. No puede ver el rostro de Jesús.

Tampoco puede verlo Juan. El discípulo amado, el más joven de ellos, parece lanzado por una fuerza desconocida. Parece estar totalmente al margen. Parece que, asustado, ha querido huir y ha tropezado. En  pleno susto, incapaz de contemplar, se tapa el rostro.

La voz y la luz los han desconcertado. Sus actitudes no pueden extrañarnos. Son normales. Pese a sus miedos, han sido testigos privilegiados de la gloria del Señor.

Escuchar las palabras de Aquél que es la Palabra del Padre

Físicamente no podemos escucharlas. En nuestro corazón, sí. El icono no habla directamente, pero a través de los gestos y otros detalles, sí.

Moisés y Elías contemplan la manifestación divina. Sus miradas atentas nos muestran que están en disposición de no perderse el más mínimo detalle. Sus orejas, muestran la intención de escuchar con atención cada palabra.

Por su parte, los apóstoles, en medio de su aterramiento, se tapan sus rostros ¡pero es materialmente imposible que al mismo tiempo hagan lo propio con las orejas! Es significativo que en otros episodios semejantes ocurra algo parecido. En el Antiguo Testamento el hombre no puede contemplar el Rostro de Dios, pero nada se nos dice que no pueda hablar con Él. Al contrario.

Contemplar el Rostro del Señor de la gloria

Nos fijamos ahora en Jesús. Es la figura central y el centro de este icono.

Jesús está en lo alto y nos mira a cada uno de los que estamos a su alrededor y somos testigos de su Transfiguración. Parece que quiere revelarnos a cada uno de nosotros personalmente su gloria.

Jesús está en actitud de bendición. Su mano derecha nos comunica la bendición divina. A esta bendición le acompaña una mirada dulce dirigida a cada uno de nosotros. El rollo de la Ley en la mano izquierda, nos recuerda que en Él se cumplen las Escrituras.

Sus vestidos se han vuelto blancos. Blanco es también el círculo, que a modo de aureola le rodea. Blanca es la luz en la que Dios habita eternamente y que los iconos tratan de transmitirnos. El círculo significa la infinitud, la gloria, la divinidad.

Ahora, aunque a veces no nos resulte fácil, podemos contemplar el Rostro de Dios cara a cara. Rostro divino del cual somos reflejo, a imagen y semejanza del cual hemos sido creados. Y sobre todo, podemos contemplar el Rostro de Dios en el hermano. Si la contemplación de este Rostro no nos lleva al hermano, vana es nuestra contemplación. Si ante el rostro sufriente del hermano volvemos nuestro propio rostro hacia otro lado, ¿dónde podremos buscar y encontrar otro nuevo Rostro de Dios? ¿acaso en nosotros mismos o en aquél rostro que aparentemente nos resulta más agradable?

Bajar con Jesús de la montaña a proseguir, día tras día, el camino de la voluntad del Padre. Llevar a la vida ese Rostro contemplado

Este camino no es sólo el camino de Jesús. No es tampoco el camino de los santos o de los héroes. Es un camino que se parece al nuestro. No podría ser de otra manera. Es el camino que Jesús nos ofrece a todos.

De la misma manera que en la parte izquierda de la montaña pudimos contemplar a Jesús que subía con sus discípulos, de igual manera podemos verlo ahora, a la derecha, en el momento de bajar. Después de algo tan extraordinario como ha pasado, Jesús no les ha dejado solos.

Tampoco nos deja a nosotros. El mismo Jesús nos ha asegurado que no nos dejará solos y que nos enviará al Espíritu Santo. Este Espíritu Santo, guiado por Dios Padre, graba interiormente en cada uno de nosotros esa imagen de Cristo, ese Rostro que contemplamos en los iconos, ese Rostro que estamos contemplando en este cuarto misterio de luz. El Espíritu Santo nos guía hasta la conformidad con Cristo y nos invita a trabajar por la venida de su Reino.

 
V. La Última Cena del Señor

Una sala. En la sala hay una mesa y en torno a la mesa, los comensales sentados alrededor. Este trascendental momento en la vida de Jesús, ha sido iluminado por el iconógrafo con unos pocos detalles esenciales que nos ayudan a centrar nuestra atención.

El momento ha llegado. Jerusalén. Ciudad donde se hace tangible la Presencia de Dios. En el Antiguo Testamento el Templo de Jerusalén es signo de esta Presencia. En el Nuevo Testamento, Jesús es signo del nuevo culto al Padre en Espíritu y en Verdad.

Arquitectura sobria y sencilla. A la izquierda un edificio solemne, cerrado y compacto. Es Israel, el Pueblo escogido por Dios. A la derecha otro edificio solemne, abierto, acogedor. Es el Nuevo Israel, la Iglesia, Madre de todos los pueblos, compañera en el camino. Un paño rojo los une. Es el paso de la Antigua a la Nueva Alianza.

El momento ha llegado. “Un local grande, en alto, con divanes.” La mesa está preparada. Nuestra contemplación se detiene en ella. Una gran mesa cubierta con un mantel blanco. Blanco es el color que representa el mundo divino y la plenitud de la divinidad misma. Una gran mesa redonda. Grande es el mundo al que Cristo nos envía. Nuestra misión: ser testigos de ese Amor que se entrega. Participar con los discípulos en ese banquete en el que el mismo Jesús nos entrega su Cuerpo y su Sangre. Invitar a otros a participar en ese banquete en el que Jesús nos amó hasta el extremo, revelándonos también el Amor del Padre.

La escena representa varios momentos al mismo tiempo: la institución de la Eucaristía, la conversación de Jesús con sus discípulos acerca de la traición de uno de ellos, el cariño hacia Jesús por parte del discípulo amado, el momento en que el traidor es descubierto...

La mesa es lugar de encuentro

La mesa está preparada. Los discípulos han sido diligentes. Sobre la mesa hay de todo: cálices, platos, bandejas... Una mesa preparada para una ocasión especial. En torno a la mesa Jesús, sus discípulos y cada uno de nosotros.

 Jesús está sentado en un extremo. Sabe bien lo que va a suceder después, pero también sabe que este momento es muy importante. Jesús ansía celebrar esta Última Cena con sus discípulos.

Los discípulos. Vestidos de fiesta. Conversan entre ellos. La mesa es el lugar del encuentro y de la amistad. Están también atentos a lo que Jesús dice y hace.

Uno de vosotros me va a entregar

Uno de los comensales llama nuestra atención. No mira a Jesús, no conversa con nadie. Está presente pero su espíritu está muy lejos del Maestro. Nadie le mira directamente, pero todos han escuchado las palabras de Jesús y han visto lo que ha sucedido. Se ha inclinado sobre la mesa hacia la copa. Parece que el tiempo se ha detenido. Su mismo gesto nos lo revela. Es Judas, el alejado del amor del Maestro.

El infierno, la traición de Judas, se muestra claramente en contraposición con el cielo de Jesús, el Amor del Maestro.

El discípulo amado

Los apóstoles se miran entre sí, bien entienden lo que Jesús ha dicho y lo que acaba de suceder. Están sorprendidos, no se han movido, todavía no han podido reaccionar.  Sólo él, el discípulo amado, se atreve a preguntar.

El hijo del hombre afirmó no tener lugar donde reclinar la cabeza. Juan sí que lo tiene: sobre el pecho del Maestro. Jesús, aunque mira a Pedro y también a Judas, bendice suavemente a Juan con su mano.

Institución de la Eucaristía

No está el pan representado. No es necesario porque Jesús mismo es el Pan de la Vida. Es el Cuerpo de Cristo, el Cuerpo nacido de María Virgen, es el que se entrega por nosotros y por nuestra salvación.

Una Nueva Alianza

Un cáliz lleno de vino. El vino nuevo y mejor de las Bodas de Caná. Cáliz para todos. También para nosotros, que junto a los apóstoles nos sentamos en torno a la mesa. Jesús invita a beber el cáliz. Es su propia Sangre entregada por todos nosotros y nuestra salvación..

En medio de tantos como recibimos en esta noche, Jesús nos hace un regalo más. Jesús anuncia una Nueva Alianza. Ya no será necesario rociar las jambas de las puertas con sangre del animal sacrificado, ni tampoco será necesario derramar sobre el altar la sangre de las bestias y los terneros cebados en los sacrificios. Jesús mismo será el Cordero inmolado.

Jesús nos invita a beber su Sangre y a tomar su Cuerpo todos juntos en comunidad. ¡Esa es la Nueva Alianza! Ya no soy yo sólo quien se relaciona con Dios. Nuestro Dios es un Dios - comunidad y nos invita a entrar en Alianza con Él en comunidad.

En aquél entonces, ahora y para siempre

Jesús encomienda a sus apóstoles y discípulos una tarea. Es también nuestra tarea. Contemplar el icono y hacerlo vida en nuestra vida. Jesús, vestido de rojo, es signo y realidad del Amor entregado. Su Cuerpo y su Sangre. Por todos los hombres y para el perdón de los pecados.

En aquél entonces, ahora y para siempre. Nosotros, cristianos, discípulos del Maestro, somos invitados a repartir el Amor de Dios en los cuatro rincones de nuestro mundo. Ese mundo que recibió tan gran Regalo en torno a una mesa. Esa mesa que ahora nos reúne en la contemplación de este quinto misterio de luz. Ese Amor que luego nos dispersará en medio de nuestros hermanos.

 


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