BASES DE ANTROPOLOGÍA CRISTIANA


La figura de María en el mundo, y en Latinoamérica en especial, mantiene una vitalidad antropológica, espiritual y eclesial que ya es parte de la cultura y de la historia de los pueblos y que ayuda a mantener la cotidianeidad de la identidad cristiana y la práctica de la fe. El documento del C.E.L.A.M. de Puebla recuerda la importancia de la devoción mariana frente a los procesos de secularización que a la larga desvirtúan la dignidad de la persona humana:"Por medio de María Dios se hizo carne, entró a formar parte de un pueblo, constituyó el centro de la historia. Ella es el punto de enlace del cielo con la tierra. Sin María, el Evangelio se desencarna, se desfigura y se transforma en ideología, en racionalismo espiritualista."[6]

Con María se recupera la plenitud del ser humano, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1,26-27) por lo cual desea todo bien para identificarse con Dios el Bien Absoluto: "Éste es el alegre anuncio de la fe: sólo hay una fuente buena, el Creador. Y por esto vivir es un bien, es una cosa buena ser un hombre, una mujer, es buena la vida".[7]

Pero a causa de la experiencia por la desobediencia del pecado, el ser humano descubre una tendencia a concentrar todo en sí mismo; es un homo sapiens, que tiene conciencia y desea hacer que todas las cosas formen parte de su conciencia. “Ante esto, está el misterio del mal, pero la fe afirma que éste "no viene de la fuente del mismo ser, no es igualmente originario", sino que procede "de una libertad creada, de una libertad abusada”.[8]

La Biblia nos narra en el Génesis el trabajo de la creación de parte de Dios, donde percibimos el despertar humano a la sabiduría, ligado con el deseo de poseerla completamente, cuando come de la fruta prohibida por Dios que le va a permitir conocer el bien y el mal (cfr. Gn 2,17. 3,5) y más adelante Dios decide cerrarle el árbol de la vida para que no llegue a ser como nosotros, (cfr. Gn 3,22) es decir, inmortal.[9]

Queda en el ser humano esa tendencia a apropiarse de las cosas, del conocimiento, de las personas, con el íntimo deseo en el fondo de asegurarse la vida para siempre. Podríamos hablar del homo concentrador, es decir, el ser humano no solamente es un ser consciente, poseedor de un alma racional, como diría Santo Tomás, sino que es un ser que tiende a asegurarse la vida por medio de la posesión primero del conocimiento, pero además de todo lo que está alrededor: es el fundamento del ateismo práctico.[10]

Por otra parte el ser humano se ve dramáticamente sometido a la tendencia contraria, está condenado a morir, y lo peor es que lo sabe, y no puede evitarlo, solamente posponerlo. El libro del Génesis plantea este drama cuando impide al hombre entrar de nuevo en el jardín del Edén donde está el árbol de la vida (cfr. Gn 3,24) y además cuando queda sometido al duro esfuerzo para conseguir el pan (cfr. Gn 3,19).[11]

Este castigo que recibe la primera pareja humana y se transmite como herencia a toda la humanidad es para asegurarle al hombre que no es Dios, por más que tenga conocimiento del bien y el mal, no puede ser inmortal, por lo tanto no es Dios.[12] La tentación del demonio serán como dioses, (cfr. Gn 3,5) queda desenmascarada y el ser humano recibe la primera promesa de salvación, el Protoevangelio, en Génesis 3,15: “enemistad pondré entre ti y la mujer entre tu descendencia y la suya, ella te aplastará la cabeza mientras tú le asechas el talón” (cfr. Gn 3,15). “Al no ser original, el mal puede ser superado. Por eso la criatura, el hombre, es curable. Las visiones dualistas, también el monismo del evolucionismo, no pueden decir que el hombre sea curable; pero si el mal procede solo de una fuente subordinada, es cierto que el hombre puede curarse".[13]

Así Dios ayudó al ser humano a no caer definitivamente en las manos del demonio y perderse para siempre. El castigo de la muerte no es en sí un castigo sino una pedagogía, una enseñanza profunda, un discernimiento desde el Espíritu de Dios que le iba a ayudar al ser humano a saber de verdad que no era Dios, por lo tanto a liberarse de la trampa mortal del demonio, y al mismo tiempo que le iba a ayudar al ser humano a buscar la salvación fuera de sí mismo y no en sí mismo, lo cual sería el error más grave para el ser humano a nivel espiritual:“El segundo gran misterio de luz del cristianismo es que el hombre no sólo se puede curar, está curado de hecho. Dios ha introducido la curación. Ha entrado personalmente en la historia. A la permanente fuente del mal ha opuesto una fuente de puro bien. Cristo crucificado y resucitado, nuevo Adán, opone al río sucio del mal un río de luz".[14]

Cuando el Génesis habla del futuro Salvador, Mesías, aquel descendiente de la mujer que iba a pisar la cabeza de la serpiente, está enseñando a Adán y Eva que Dios mismo va a realizar la salvación, por medio de Alguien especial, profetizado desde el comienzo, alguien capaz de vencer las insidias del demonio en las cuales cayeron nuestros primeros padres y que nos marcó a todos para siempre.[15]

Desde ese momento se plantea para el ser humano y para los pueblos que surgen de estos primeros pobladores de la tierra, un contraste espiritual inacabado, que lo va a someter a una tensión constante a lo largo de la historia y que va a significar un poderoso estímulo para buscar la verdad, la salvación, la estabilidad, la seguridad, pero que aún así, nunca logra superar, por más que avance en sus conocimientos científicos, técnicos, humanos, antropológicos, sociales, etc.[16] La cuestión queda planteada en los términos siguientes: el ser humano se siente inseguro y necesita salvarse a nivel espiritual, pero descubre que no puede hacerlo por sí mismo y por lo tanto debe confiar en alguien para lograrlo.

Esta enseñanza profunda del sufrimiento y la muerte lleva al hombre a la claridad de que necesita alguien fuera de sí mismo para salvarse. Pero queda de todas maneras la tendencia a concentrar las cosas, a saber, a conocer, a poseer los mecanismos sutiles de la realidad para asegurarse al máximo todas las cosas. Es una lucha constante entre la fe y la conciencia racional.[17]

La conciencia de la necesidad de Dios se mantiene en las personas que buscan la fe, que luchan por la fe en Dios. Es allí donde se produce el encuentro de Dios con el hombre. El ser humano acepta su relación con Dios. La vida, la muerte, el sufrimiento, el mal, se descubren de otra manera, se aceptan de otra manera, y el ser humano se va reconciliando con el principio de su existencia, con el origen de su raza. El ser humano va poco a poco aceptando a Aquel que está fuera de sí mismo para salvarse a sí mismo y que le devuelve su sentido original.[18] El hombre recupera su condición de hijo y se va dando la conversión filial al Padre y fraternal hacia su prójimo.[19]


[6] Documento del C.E.L.A.M. IIIº Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla, 1979, n. 301.

[7] Benedicto XVI, Audiencia General miércoles 3 de diciembre 2008, Ciudad del Vaticano.

[8] Benedicto XVI, Audiencia General...

[9] Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, C.E.C. n. 2119.

[10] Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, C.E.C. nn. 2123-24.

[11] Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, C.E.C. n. 2448.

[12] Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, C.E.C. nn. 389.; 390.

[13] Benedicto XVI, Audiencia General...

[14] Benedicto XVI, Audiencia General...

[15] Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, C.E.C. nn. 987; 1741; 602-18.

[16] Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, C.E.C. nn. 1886-89; 1896.

[17] Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, C.E.C. nn. 1797; 2092.

[18] Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, C.E.C. nn. 1700, 1780, 2524.

[19] Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, C.E.C. n. 2608.


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