ZENIT, 25 de
abril de 2001
Documentación
viva de la Iglesia
EL
HOMBRE TIENE SED DE DIOS
Palabras de Juan Pablo II durante la audiencia general de este miércoles
CIUDAD DEL VATICANO, 25 abril 2001 (ZENIT.org).- La sed y el hambre son la
mejor metáfora de la necesidad vital que tiene el hombre de Dios. De este modo,
Juan Pablo II profundizó en la mañana de este miércoles en el Salmo 62 (63),
adentrándose en el apasionante terreno de la mística.
La necesidad que tiene el hombre es tan grande, afirma el pontífice, que
llega a hacerse física. «A través de la comida mística de la comunión con Dios,
"el alma se aprieta" contra Dios». «No es una casualidad si habla de
un abrazo, de un apretón casi físico: Dios y el hombre ya están en plena
comunión».
Ofrecemos a continuación las palabras que pronunció el pontífice en la
audiencia general a los peregrinos.
1. El Salmo 62 (63), en
el que hoy reflexionamos, es el Salmo del amor místico, que celebra la adhesión
total a Dios, partiendo de un anhelo casi físico hasta alcanzar su plenitud en
un abrazo íntimo y perenne. La oración se hace deseo, sed y hambre, pues
involucra al alma y al cuerpo.
Como escribe santa Teresa de Ávila «sed me
parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace gran falta, que si del
todo nos falta nos mata» («Camino de perfección, c. XIX). La liturgia nos
propone las dos primeras estrofas del Salmo, que están centradas precisamente
en los símbolos de la sed y del hambre, mientras que la tercera estrofa
presenta un horizonte oscuro, el del juicio divino sobre el mal, en contraste
con la luminosidad y la dulzura del resto del Salmo.
2. Comenzamos entonces
nuestra meditación con el primer canto, el de la sed de Dios. (cf. versículos
2-4). Es el alba, el sol está surgiendo en el cielo despejado de Tierra Santa y
el orante comienza su jornada dirigiéndose al templo para buscar la luz de
Dios. Tiene necesidad de ese encuentro con el Señor de manera casi instintiva,
parecería «física». Como la tierra árida está muerta hasta que no es regada por
la lluvia, y al igual que las grietas del terreno parecen una boca sedienta,
así el fiel anhela a Dios para llenarse de él y para poder así existir en
comunión con Él.
El profeta Jeremías había proclamado: el Señor
es «manantial de agua viva» y había reprendido al pueblo por haber construido
«cisternas agrietadas que no contienen el agua» (2, 13). Jesús mismo exclamará
en voz alta: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí» (Juan
7, 37-38). En plena tarde de un día soleado y silencioso, promete a la mujer
samaritana: «el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que
el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida
eterna» (Juan 4, 14).
3. La oración del Salmo
62 se entrecruza, en este tema, con el canto de otro Salmo estupendo, el 41
(42): «Como jadea la cierva, tras las corrientes de agua, así jadea mi alma, en
pos de ti, mi Dios. Tiene mi alma sed de Dios, del Dios vivo» (versículos 2-3).
En el idioma del Antiguo Testamento, el hebreo, «el alma» es expresada con el
término «nefesh», que en algunos textos designa la «garganta» y en otros muchos
se amplia hasta indicar todo el ser de la persona. Tomado en estas dimensiones,
el término ayuda a comprender hasta qué punto es esencial y profunda la
necesidad de Dios; sin él desfallece la respiración y la misma vida. Por este
motivo, el salmista llega a poner en segundo plano la existencia física, en
caso de que decaiga la unión con Dios: «Tu gracia vale más que la vida» (Salmo
62, 4). También el Salmo 72 (73) repetirá al Señor: «¿Quién hay para mí en el
cielo? Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra. Mi carne y mi corazón se
consumen: ¡Roca de mi corazón, mi porción, Dios por siempre! […] Para mí, mi
bien es estar junto a Dios; he puesto mi cobijo en el Señor» (versículos
25-28).
4. Después del canto de
la sed, las palabras del salmista entonan el canto del hambre (cf. Sal 62,
6-9). Probablemente, con las imágenes del «gran banquete» y de la saciedad, el
orante recuerda uno de los sacrificios que se celebraban en el templo de Sión:
el así llamado «de comunión», es decir, un banquete sagrado en el que los
fieles comían las carnes de las víctimas inmoladas. Otra necesidad fundamental
de la vida se usa aquí como símbolo de la comunión con Dios: el hambre es
saciada cuando se escucha la Palabra divina y se encuentra al Señor. De hecho,
«no sólo vive de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor»
(Deuteronomio 8, 3; cf. Mateo 4, 4). Y al llegar a este punto el pensamiento
cristiano corre hacia aquel banquete que Cristo ofreció la ultima noche de su
vida terrena, cuyo valor profundo había explicado ya en el discurso de
Cafarnaúm: «Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Juan 6,
55-56).
5. A través de la comida
mística de la comunión con Dios, «el alma se aprieta» contra Dios, como declara
el salmista. Una vez más, la palabra «alma» evoca a todo el ser humano. No es
una casualidad si habla de un abrazo, de un apretón casi físico: Dios y el
hombre ya están en plena comunión y de los labios de la criatura sólo puede
salir la alabanza gozosa y grata. Incluso cuando se está en la noche obscura,
se siente la protección de las alas de Dios, como el arca de la alianza el alma
está cubierta por las alas de los querubines. Entonces aflora la expresión
estática de la alegría: «yo exulto a la sombra de tus alas». El miedo se
disipa, el abrazo no aprieta algo vacío sino al mismo Dios, nuestra mano se
cruza con la fuerza de su diestra (cf. Salmo 62, 8-9).
6. Al leer este Salmo a
la luz del misterio pascual, la sed y el hambre que nos llevan hacia Dios son
saciadas en Cristo crucificado y resucitado, del que nos llega, a través del
don del Espíritu Santo y de los Sacramentos, la nueva vida y el alimento que la
sustenta..
Nos lo recuerda san Juan Crisóstomo, quien al
comentar la observación de Juan: de su costado «salió sangre y agua» (cf. Juan
19, 34), afirma: «aquella sangre y aquella agua son símbolos del Bautismo, y de
los Misterios», es decir, de la Eucaristía. Y concluye: «¡Veis cómo Cristo se
une con su esposa? ¿Veis con qué comida nos nutre a todos nosotros? Nos
alimentamos con la misma comida que nos ha formado. De hecho, así como la mujer
alimenta a aquel que ha generado con su propia sangre y leche, así también
Cristo alimenta continuamente con su propia sangre a aquel que él mismo ha
engendrado» (Homilía III dirigida a los neófitos, 16-19 passim: SC 50 bis,
160-162).
N.B.: Traducción realizada por Zenit.
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